Un lugar de encuentro entre la sociedad palentina, el pensamiento y la innovación

El Tiempo  | Diccionario | Traductor | Callejero

Noticias 

Contenidos

¡Hazte Socio!

La Asociación

Historia

¿Quienes Somos?

Foros

Tertulias

Seminarios

Mesas Redondas

Publicaciones

Enlaces

Encuesta

¿Qué tema te gustaría que tratáramos?  

   RESULTADOS

Chat
 #foropallanka

  escribe tu nick:

¡Recomienda esta página a tus amigos!

   FORO CON ALEJANDRO AGAG

    Crónica

    Entrevista

    Perfil

    Conferencia

 

 

 

 

 

 

 

CRÓNICA 

 

ALEJANDRO AGAG EXPLICÓ EL LIDERAZGO ESPAÑOL EN EUROPA

Alejandro Agag, quien impartió una conferencia en el foro de debate Pallanka titulada "Liderazgo español en Europa", fue tajante al explicar  que mientras España iba por detrás de otros países hace años,  en la actualidad ocupa los primeros puestos; y afirmó que «España va a protagonizar con su presidencia en la Unión Europea el momento histórico de la entrada en vigor del euro».

Por otro lado, el secretario general del Partido Popular europeo, aseguró que España tiene una posición de liderazgo en Europa por su modelo político de centro-reformista y porque crea más empleo que el resto de los países.

Alejandro Agag Longo comentó además las consecuencias del reciente atentado contra intereses norteamericanos y dijo que «Estados Unidos es nuestro aliado principal, y este atentado es una agresión externa a toda la alianza, es decir, es como si hubieran agredido a España».

En cuanto a la respuesta de Europa a este atentado, Alejandro Agag añadió que «debe ser de apoyo sin condiciones a nuestros aliados». Además, destacó que una vez que Estados Unidos determine quiénes son los culpables «habrá que responder».

El secretario general del PP europeo dijo también que Europa deberá profundizar en la cooperación contra el terrorismo «que es enemigo común de nuestras sociedades y es igual en todas partes». Alejandro Agag, quien asemejó el ataque a EEUU con el terrorismo de ETA, cree que desde Europa es necesario intensificar la cooperación internacional como medida para luchar contra el terror.

 

ENTREVISTA

Entrevista con Alejandro Agag Longo, Secretario general del Partido Popular Europeo, publicada por el Diario palentino

«El terrorismo es el enemigo de la sociedad»


Con 31 años de edad, Alejandro Agag ya es secretario general del Partido Popular Europeo, tras haber permanecido varios años como asesor personal del presidente del Gobierno, José María Aznar. Agag participó en el foro de debate Pallanka, ofreciendo una conferencia sobre el «liderazgo español en Europa». Su análisis desde la posición que ocupa en el Parlamento Europeo nos hace ver con optimismo el futuro de Europa, tanto en el aspecto económico como en el de la seguridad interior y exterior.

 El hombre que mueve los hilos del Partido Popular Europeo explicó en la capital palentina que España ha pasado de «mirar cómo se reparte el pastel» a «estar en la mesa y decidir el menú». Asimismo, Agag insistió en que debemos prepararnos para combatir al terrorismo.

 ¿Cómo está viviendo el Parlamento europeo la crisis desatada tras los atentados de Estados Unidos?

 Con mucha preocupación y a la expectativa a ver como se desarrollan los acontecimientos. Yo creo que es momento de tener la cabeza fría, no es momento de precipitarse ni de llegar a conclusiones demasiado pronto. Yo creo que la reacción de Estados Unidos está siendo la adecuada, con la suficiente paciencia, esperando hasta tener los datos suficientes. Lo que es muy claro para nosotros es el apoyo absoluto a nuestro aliado más importante, que es Estados Unidos.

 Profundizando un poco más, esto tiene que tener un efecto en cuestiones políticas a más largo plazo. Queda claro que el enemigo de nuestra sociedad es el terrorismo. Todos los terrorismos son iguales y hay que luchar contra ellos con la misma decisión, por tanto eso tiene que empujar a potenciar al máximo una coordinación de políticas de seguridad interior de la UE y a plantear políticas más eficaces europeas para luchar contra el terrorismo en Europa. Y también potenciar la cooperación en la defensa y seguridad común exterior.

 ¿Qué acciones se han llevado a cabo desde Europa para combatir el terrorismo, tanto antes como después del martes negro?

 Aquí se ha hecho un camino largo. Hace años había, por parte de algunos ámbitos de sociedades europeas, hasta cierta disculpa o matiz en la condena de actos terroristas, incluso en España. Por ejemplo, a ETA se le consideraba como separatista o independentista, sin utilizar el calificativo de terrorista.

 Ahora Europa está unida en contra del terrorismo y ya nadie duda de que ETA es un grupo terrorista. También se ha avanzado en la política de interior y seguridad común, así como en la colaboración policial o la orden europea de busca y captura. Nosotros vamos a empujar al máximo para que se ponga en marcha cuanto antes.



 A tres meses de que España inicie la presidencia europea ¿qué retos debe asumir?

 Evidentemente, los retos de la presidencia española son los que eran, pero todo queda relativizado por lo que ha sucedido el martes. Esto tiene consecuencias a largo plazo y va a suponer un empujón en el desarrollo de la política de seguridad e interior, que ya era una prioridad de la Unión Europea y del Gobierno Aznar. Ahora no creo que ningún país ponga obstáculos para avanzar porque nos jugamos la seguridad todos.

 Otra prioridad es el avance del camino que se trazó en la cumbre de Lisboa, donde se estableció como objetivo hacer de Europa la zona económica más avanzada del mundo en el año 2010. Esto, a través de un camino de liberalizaciones, aperturas de los mercados y reformas para una mejor competitividad. En algunas presidencias no se ha conseguido los avances esperados, por lo que seguirá siendo otra de las grandes prioridades de la presidencia española.

 ¿Están preparados los países europeos y España para la llegada del euro?

 Yo creo que es histórico que coincida con la presidencia española. Éste es el mayor símbolo de integración en la historia de Europa. Poner todos en común una moneda es mucho más que un gesto económico, es un gesto político y el hecho de que sea España la que lo protagonice es muy importante.

 Europa está preparada y desde el punto de vista operativo no habrá problemas. Puede haber alguno de tipo psicológico porque la gente se tiene que acostumbrar a pagar en euros y no en pesetas o en francos. Hay que ayudar a la gente con campañas de divulgación del euro cuando entre en vigor.

 ¿Qué papel juega España en la actual Unión Europea?

 Creo que España ha dado un cambio radical en los últimos 5 años y aún más en los últimos 20. España era un país que no estaba en la mesa, estaba fuera de la toma de decisiones mirando desde fuera cómo los demás se reparten el pastel. Ahora está pidiendo la carta y decidiendo el menú. Es uno de los países que está tirando del carro, protagonista de los cambios y presentando iniciativas concretas. José María Aznar es uno de los líderes más fuertes y apreciados de Europa.

 ¿Cómo puede afectar a España y a Castilla y León la ampliación de la Unión Europea en la llegada de fondos europeos?

 La ampliación es una realidad y nosotros vamos a apoyarla, pero no se puede hacer a costa de las regiones que reciben fondos en estos momentos. El Gobierno lo que hará es negociar una ampliación para que regiones como Castilla y León no se vean afectadas por ello. Eso sí, según va creciendo Castilla y León recibirá menos fondos que las regiones pobres. Pero lo que todos queremos es que las regiones se enriquezcan y no tengan necesidad de recurrir a esos fondos.

 ¿Cómo afronta Europa el grave problema de la inmigración?

 La inmigración la tenemos que ver más como una oportunidad que como un riesgo. Estados Unidos por ejemplo tiene como una gran cualidad la absorción de personas de tantas razas y orígenes que aportan al país.

 Evidentemente, la emigración no puede ser sin control, tiene que ser legal. Tiene que haber puertas abiertas a emigrantes, pero de forma controlada y sensata. Es un problema grave el de las pateras, ya que están controladas por mafias que se enriquecen con el tráfico de personas, otro tipo de terrorismo.

 

PERFIL

 

ALEJANDRO AGAG LONGO

- Nacido en Madrid en 1970
 - Soltero.
 - Licenciado en Ciencias Económicas y Empresariales por el CUNEF, Universidad Complutense de Madrid.
 - Miembro del Comité Ejecutivo y Coordinador de Relaciones Internacionales de Nuevas Generaciones.
- Vicesecretario General del Partido Popular Europeo, de 1994-1996.
- En mayo de 1996, se traslada a Presidencia de Gobierno para ocupar el puesto de ayudante personal de José María Aznar.
- En febrero de 1999 es elegido Secretario General del Partido Popular Europeo y es incluido en el Comité Ejecutivo Nacional del Partido Popular.
- El 20 de julio de 1999 es investido Miembro del Parlamento Europeo por el Partido Popular.
- Secretario General de la Fondation d'Etudes Européens y Secretario General del Instituto para la Democracia de Bucarest.

 

 

 

CONFERENCIA

 

"ESPAÑA VISTA DESDE EUROPA"

Alejandro Agag Longo

 

Si tuviera que resumir en una frase el estado de salud de nuestro país en Europa diría que ESPAÑA ESTÁ FUERTE. Y es curioso porque, siendo una afirmación que pocos negarían en Bruselas, da la sensación de que aquí no nos la terminamos de creer o, al menos, por aquello de que "nadie es profeta en su tierra", no somos totalmente conscientes de cuál es el peso real de nuestro país en la UE. Por eso, mi propósito al escribir estas líneas no ha sido otro que el de mostrar los hechos, el talante o las ideas que han permitido que en menos de 20 años hayamos pasado de ser país candidato a la adhesión a ser uno de los países grandes de la Unión con liderazgo compartido en la práctica totalidad de los temas.

Para ello, para cumplir este objetivo, trataré de avanzar por aspectos fundamentales que marcan el debate actual sobre el proceso de construcción europea, tales como, la ciudadanía europea, la dimensión económica de la Unión o el futuro de Europa, mostrando en cada uno de ellos cómo la aportación española es y seguirá siendo esencial en la configuración de una Europa capaz de liderar el proyecto del siglo que acabamos de comenzar.

Sin duda alguna, nos encontramos en un momento crucial de la Historia de nuestro proyecto común. El propio dinamismo del proceso de construcción europea y la suma de voluntades nos han permitido estrechar los lazos que nos unen con nuestros compañeros de viaje hasta crear un interés comunitario que coexiste y es perfectamente compatible con los legítimos intereses nacionales. Sin embargo, estamos dispuestos a ir más lejos aún. Estamos dispuestos a profundizar y a ampliar nuestro proyecto, haciendo partícipes del mismo a nuestros hermanos de Europa Central y Oriental, Malta y Chipre. Y más aún. Por primera vez, nos hemos cuestionado de forma seria qué tipo de Europa queremos para el futuro.

España llega a este punto sin retorno con los deberes hechos. Hoy nadie duda de que España es un país grande. Hoy a España se le escucha. Y si esto es así, es porque nuestros avales han sido siempre la confianza en las ventajas de pertenecer y trabajar en pos del sueño europeo, el cumplimiento de los compromisos adquiridos como bandera y la eficacia como herramienta. Dentro de pocos meses España asumirá, por tercera vez, la responsabilidad de presidir la Unión Europea. Una Presidencia que, como es bien sabido, supondrá la llegada de la moneda única a nuestros bolsillos en lo que puede considerarse como el paso más decisivo jamás dado en pos de la integración pacífica de los pueblos de Europa.

Transcurridos cinco años desde la última Presidencia española, nuestro país ha seguido creciendo y madurando. Y lo ha hecho en muchos sentidos.

Desde el punto de vista económico, el balance de este período ha sido ciertamente positivo. España ha experimentado una fase de expansión y de prosperidad económica sostenida. En los últimos cinco años, hemos sido el país, junto con Irlanda, con mayores niveles de crecimiento económico dentro de la Unión y ello al tiempo que este año se presentaban los primeros presupuestos con déficit cero de la historia de la Democracia. Este hecho, además de permitir reducir de forma significativa la brecha que nos separa de los países más ricos de la Unión, nos ha permitido crear más de la mitad de todos los empleos creados en la Unión Europea durante ese período.

España ha pasado a invertir en el exterior una cifra equivalente a nada menos que el 10% de su PIB, convirtiéndose así en el sexto inversor mundial.

Hoy España, aunque este dato a veces no sea bien conocido, es la segunda economía más abierta entre las diez principales de la OCDE y no pocos empiezan a cuestionarse por qué aún no nos sentamos en las reuniones de los países más ricos del mundo.

Este mayor peso internacional nos trae también nuevas responsabilidades. España participó en su momento en primera fila en el programa de apoyo financiero a Brasil y más recientemente ha sido el único país que de forma bilateral, de la mano del Fondo Monetario Internacional, se ha comprometido a la asistencia financiera en Argentina.

Pero nuestras responsabilidades y nuestros logros no acaban en el plano económico. La presencia activa de España en instituciones multilaterales de Defensa, tanto europeas como en la OTAN, ha llevado a nuestras Fuerzas Armadas a destacar en todas y cada una de las misiones humanitarias en las que ha participado y, sobre todo, ha permitido cambiar la percepción de los españoles respecto del papel y la necesidad de un ejército bien preparado y profesional.

En este sentido, creo que no me equivoco al afirmar que, tras los lamentables hechos ocurridos la semana pasada en los Estados Unidos y ante la violación de los ideales democráticos bajo los que libremente hemos decidido vivir, todos nos sentimos algo orgullosos por el enorme consenso alcanzado entre el pueblo español, cerrando filas en torno a la plena disposición de nuestro Presidente a no escatimar medios en erradicar una lacra como el terrorismo que desgraciadamente nosotros padecemos desde demasiado tiempo.

España es una nación con un gran futuro en un mundo que está cambiando. No sólo somos una nación activa en Europa, nuestro espacio principal de proyección exterior, también formamos parte de la comunidad Iberoamericana de naciones, con quienes compartimos historia y lengua, y con quienes queremos crear un futuro común. Además, nuestra posición en el Mediterráneo favorece nuestro trabajo para lograr en este mar un área de seguridad, prosperidad y estabilidad.

Finalmente, no puedo dejar de mencionar nuestra cultura plural, asentada a lo largo de siglos, como uno de nuestros mejores triunfos en el mundo abierto en el que vivimos. El Castellano es nuestra mejor herramienta para garantizar la presencia de España en el mundo global y para reforzar el vínculo con la comunidad Iberoamericana de naciones, dotándola de una presencia internacional de primer orden.

Esta introducción en la que, de forma breve, he esbozado algunas de las razones de la fortaleza actual de nuestro país, tanto en el contexto europeo como internacional, nos permite analizar con más detalle el esencial papel que España desempeña y desempeñará en el futuro en el proyecto Europeo.

Para ello, como anuncié anteriormente me apoyaré en tres conceptos que a día de hoy marcan el debate europeo: el espacio de libertad, seguridad y justicia, la dimensión económica de la Unión y el Futuro de Europa.

En los documentos programáticos del Partido Popular puede leerse que la Unión Europea forma parte de nuestro proyecto, porque en ella trabajamos por el progreso con otras naciones europeas y defendemos mejor nuestros valores e intereses. La tradición histórica y la importancia actual de nuestro país nos obligan a ser fuerza motriz del proyecto europeo y a asumir el éxito y la defensa de la integración europea como uno de nuestros compromisos irrenunciables.

El proyecto de Europa por el que trabaja España defiende la posición y los intereses de nuestro país, con la finalidad de integrarlos en un proyecto común que incluye a nuestros socios europeos. Sin lugar a dudas, uno de los pilares fundamentales de este proyecto es el desarrollo y el fortalecimiento del espacio de Libertad, Seguridad y Justicia.

Hoy día nadie duda de que el éxito de Europa pasa, en gran medida, por la toma de conciencia por parte de los ciudadanos de los Estados Miembros de su condición de europeos. Consciente de ello, en la cumbre de Tampere celebrada en 2000, España, a través del trabajo eficaz de nuestro gobierno, logró consensuar entre nuestros socios un impulso definitivo a la consolidación de este espacio único.

España concede prioridad a la profundización del espacio de libertad, que no sólo debe garantizar la libertad de circulación de personas sino también el disfrute efectivo de sus derechos en el ámbito europeo. La seguridad es imprescindible para hacer real este espacio de libertad. Debemos hacer más eficaces los instrumentos de la lucha contra la delincuencia que amenaza nuestras libertades. Para ello, el espacio de justicia que queremos en la Unión Europea debe conducir a que el ciudadano se sienta verdaderamente en un marco de justicia común en todo el territorio de la Unión.

En el ámbito europeo compartimos un mismo sistema de valores democráticos y similares garantías judiciales. Por eso debemos trabajar para que la persecución de los delitos más graves no se detenga en las fronteras nacionales.

Si hay un éxito que haya marcado el papel reciente de España en la Unión, ése ha sido haber logrado abrir los ojos de los europeos ante una lacra como la del terrorismo de ETA. Hasta hace poco tiempo, esta banda de asesinos era considerada por muchos medios de prensa europeos como organización separatista o extremista, hoy nadie duda de la barbarie y el fascismo que encierran sus acciones. Las simpatías derivadas de la desinformación que mostraban algunos países hacia el movimiento independentista se han convertido en rechazo absoluto. Hoy más que nunca, cerramos filas en Europa y en el mundo entorno a unos valores democráticos que se encuentran en la base de nuestra existencia y sobre los cuáles construimos nuestro edificio común.

Sin embargo, esta toma de consciencia colectiva no ha sido fácil. Ha estado precedida de una labor impecable por parte de todos y cada uno de nuestros representantes en las instituciones europeas que, tanto en público como en privado y dejando al margen diferencia partidistas, han puesto sobre la mesa lo insostenible de esta situación. Una labor que ya ha dado sus frutos poniendo sobre la mesa de debate la articulación de procedimientos más ágiles de extradición y, más aún, introduciendo en la agenda europea, en el capítulo de prioridades, la orden de entrega y extradición de alcance europeo.

Desgraciadamente, el contexto globalizado en el que nos desenvolvemos determina, y los hechos recientes así lo corroboran, que el crimen también se globaliza. Por eso, es esencial contar con instrumentos ágiles que permitan combatir de manera más eficaz delitos tan graves como el tráfico de drogas, el tráfico de seres humanos o, el propio terrorismo.

Sin duda alguna, otro de los problemas que azotan Europa y que en nuestro país conocemos de primera mano es el de la inmigración. Todos estamos de acuerdo en que el fundamento del espacio de libertad, seguridad y justicia debe ser una protección uniforme de los derechos fundamentales y de las libertades de que gozan los ciudadanos de la Unión Europea y, por tanto, los beneficios del mismo deben extenderse a aquellos que se encuentren legalmente en la Unión atraídos por una esperanza de vida mejor. Sin embargo, el sueño de paz y prosperidad que representa la Unión Europea no puede permitirse observar atónito el drama que supone la llegada masiva y diaria de pateras a nuestras costas. El sacrificio de vidas y de ilusiones para enriquecimientos de las mafias debe ser cortado de raíz.

Nuestro gobierno ha reiterado en innumerables ocasiones la necesidad de una acción concertada entre todos los Estados Miembros como única vía de solución de un drama que sobrepasa el plano político y se convierte en una cuestión moral. Sólo desde la fuerza que da la unidad, podremos luchar de forma eficaz contra las mafias y colaborar y cooperar exitosamente con aquellos países de los que parte la inmigración ilegal. Para ello, durante la próxima Presidencia, España plantea entre sus prioridades la formulación de acuerdos que permitan establecer unas condiciones comunes de asilo e inmigración que mantengan el talante abierto que ha caracterizado históricamente a nuestro continente, pero que, tanto por nuestro bien como por el bien de los que llegan, introduzcan algo de racionalidad y eficacia en esta realidad.

El último aspecto que me gustaría tratar dentro de este apartado amplio en el de la ciudadanía europea y, más en concreto, el de la dimensión política de la dicha ciudadanía.

Tal y como dijimos anteriormente, uno de los factores que determinan el éxito futuro de nuestro proyecto será el grado de participación y la aceptación de los ciudadanos de los Estados miembros de su condición de ciudadanos europeos. Estamos de acuerdo en que la libertad y la seguridad de movimientos en Europa es requisito fundamental en esta consideración.

Sin embargo, el edificio de la ciudadanía europea tiene muchas plantas y una de ellas es su dimensión política.

Actualmente, todos los países miembros de la Unión contamos con democracias maduras y sanas, en las que la participación activa de la sociedad civil es una norma. Este hecho, del que debemos felicitarnos, constituye uno de los requisitos fundamentales para el correcto desarrollo de la vida democrática. Sin embargo, el contexto de integración creciente en el que nos desenvolvemos en Europa, junto que el proceso de mundialización al que asistimos en el resto del planeta, está alterando los parámetros y el alcance y las repercusiones de la acción política.

En este nuevo contexto, la Unión Europea deberá dotarse de elementos vertebradores que actúen como espina dorsal y que le den la cohesión necesaria para seguir avanzando con criterios comunes. Ese fundamental papel de vertebración estarán llamados a realizarlo en el futuro los partidos políticos de ámbito europeo tal y como fue finalmente reconocido en el Consejo de Niza.

El Partido Popular a través de la pertenencia al Partido Popular Europeo, ha trabajado denodadamente para que los partidos políticos de ámbito europeo posean el reconocimiento institucional que los convierta en la verdadera expresión política de la ciudadanía europea.

El estatuto de los partidos políticos europeos, que será una realidad en el corto plazo, culmina nuestras aspiraciones de reconocimiento en el marco institucional de la Unión y permitirá transformar definitivamente nuestra capacidad de actuación, dándonos posibilidades reales de llevar a cabo nuestro proyecto político.

Un proyecto que, consciente de las obligaciones cada vez mayores del Partido Popular Europeo en un mundo abierto y de su creciente responsabilidad en el nuevo orden global que estamos viendo aparecer, refuerza la dimensión internacional de nuestra familia política y de nuestros miembros. Un mundo global exige a los partidos políticos vínculos e interlocutores globales, así como respuestas igualmente globales a los problemas de la humanidad.

Pero la aportación de España al PPE no acaba ahí. Como Secretario General del Partido Popular Europeo y como español observo con orgullo cómo los 42 partidos integrantes de nuestra familia política han abrazado los preceptos del modelo de "Centro Reformista", entorno al que hemos construido nuestra mayoría y que tan buenos resultados está proporcionando en nuestro país. A España no sólo se le escucha sino que empezamos a exportar ideas y planteamientos que nos demandan nuestros socios. Ideas y valores universales que sitúan a la persona en el centro de la acción política y desde el centro como espacio político y el diálogo y la moderación como herramientas pretenden alcanzar una sociedad de las oportunidades basada en el conocimiento.

Sin embargo, para poder exportar nuestras ideas ha sido necesario que éstas se encuentren apoyadas en sólidos resultados que las legitimen. Renovacion de personas. Dar paso a gente nueva. Renovación también en Palencia. Quizás sea en el ámbito económico en el que más tangibles hayan sido los buenos resultados obtenidos por la gestión de nuestro gobierno. Pasamos pues analizar la aportación española en lo que podríamos denominar la dimensión económica de la Unión, sin duda, el pilar fundamental en el que se ha basado hasta ahora la integración de los Estados Miembros.

Cuando se habla de aportación española en el ámbito económico no se pueden dejar de considerar tres hechos, a mi modo de ver, claves en la realidad económica europea actual: el aprobado con nota en el examen del euro; la cumbre hispano británica sobre empleo y reforma económica; el Consejo Europeo celebrado en Lisboa durante la Presidencia portuguesa.

En primer lugar, el respaldo mayoritario de los españoles a la entrada en la moneda única permitió a nuestro país dar toda una lección de rigor político y económico y sentar las bases para el devenir futuro de nuestra economía. La preparación del examen no fue fácil. El Tratado de Maastricht y la asunción del Pacto de Estabilidad y Crecimiento suponía pedir a los españoles fuertes sacrificios que no verían su recompensa más que en el medio plazo. De nuevo España estuvo a la altura de circunstancias.

Una vez pasado el examen, con la seguridad que proporciona el apoyo popular prácticamente unánime a la idea de Europa, nuestro actual gobierno se embarcó en una política económica que aún hoy se mantiene y que nos ha permitido converger con Europa, reduciendo significativamente la brecha de riqueza que nos separaba de nuestros socios y convirtiéndonos en modelo de referencia de las políticas económicas diseñadas en nuestro entorno.

A riesgo de repetir lo que quizá es bien conocido, permítanme citar dos elementos fundamentales en las políticas que nos han conducido a esta realidad. Por un lado, el rigor y la estabilidad macroeconómica. Hemos logrado reducir progresivamente el déficit de las arcas públicas desde niveles preocupantes alrededor del 7% en 1994 hasta presentar, este año, los primeros presupuestos con déficit cero de la Democracia. Y esto al tiempo que se bajaban los impuestos y se seguía garantizando la calidad de los servicios públicos. Por otro lado, hemos mantenido la fe ciega en las reformas estructurales, no siempre fáciles, destinadas a modernizar y flexibilizar nuestro mercado de trabajo y a preparar para el mercado único y a aumentar la competencia en sectores tan importantes como el de las telecomunicaciones, la electricidad, el gas o los hidrocarburos.

La confianza que siempre demostró nuestro gobierno en la iniciativa privada nos ha conducido a introducir una decidida política de privatizaciones. La consideración de la competencia como la prolongación en el mercado de los derechos democráticos de los ciudadanos conduce inevitablemente a un Estado, que hace bien las funciones que le son propias, pero que deja al sector privado el papel de suministrador de bienes y servicios a los ciudadanos. En el caso de España, esta opción ha contribuido sin duda a modernizar el país, dotándonos de un nuevo tejido empresarial dinámico y dispuesto a competir con el exterior.

Hoy existe consenso generalizado respecto a que el éxito de Europa en el terreno económico y, por tanto, la posibilidad de liderar el proyecto globalizado que depara el nuevo siglo, pasa por la asunción sin cuestionamientos de una política basada en estos dos conceptos fundamentales. Nuestro papel, como hasta ahora, seguirá siendo predicar con el ejemplo y seguir velando para que los compromisos derivados de ese consenso se cumplan.

El segundo de los hechos fundamentales en los que valorar el liderazgo de nuestro país en el contexto económico europeo tuvo lugar con la declaración hispano británica de abril de 1999. En esas fechas, Nuestro Presidente de Gobierno y el primer ministro británico, Tony Blair, suscribieron una declaración sobre empleo y reforma económica con el objetivo de impulsar la cooperación conjunta en la Unión Europea. En mi opinión, esta declaración marca un antes y un después en muchos de los planteamientos socio-económicos europeos.

Los ejes centrales de esta declaración eran la persecución del pleno empleo, la modernización del modelo social europeo, la reforma económica y la sociedad del conocimiento.

Estos objetivos pasaron rápidamente, incluso de forma literal, a formar parte de las declaraciones de intenciones del conjunto de países de la Unión. Por primera vez se abandonaba el tratamiento utópico del pleno empleo y se le situaba en la dimensión de las realidades posibles. El hecho de que el país con los niveles de paro más elevados de la Unión Europea planteara el pleno empleo como objetivo abrió los ojos del resto de países miembros. Europa no puede aspirar a convertirse en una potencia económica mundial si tanta gente sigue fuera del empleo, particularmente entre los grupos más vulnerables, como las mujeres, los jóvenes o los mayores.

Hoy existe amplio consenso respecto a las decisiones que hay que tomar en este sentido: mejorar la formación y la capacitación profesional; flexibilizar la negociación colectiva; reformar los sistemas de tributación del trabajo y de prestaciones. Ahora, nuestra labor es transformar ese consenso en la práctica.

La alusión a la modernización del modelo social europeo puso el acento en uno de los principales problemas que tendrá que hacer frente Europa en las próximas décadas. El efecto combinado de la drástica reducción en la tasa de natalidad y de la mayor longevidad determina por simple aritmética la quiebra de nuestro modelo social tal y como era concebido hasta ahora. La declaración hispano-británica se hacía eco de este problema y demandaba la necesidad de reformar nuestro modelo sin alterar su especificidad, pero con la firme propuesta de garantizar no sólo su existencia sino su buena salud como legado a las generaciones futuras.

Al igual que los demás objetivos, la creación de una sociedad del conocimiento sobre la que basar nuestra prosperidad futura ha pasado a formar parte integrante del acervo comunitario y ha situado a la educación en niveles prioritarios en todas las agendas europeas. Sólo a través de una verdadera sociedad del conocimiento podremos alcanzar una sociedad de oportunidades para todos capaz de crear empleo y de premiar el trabajo y el esfuerzo.

El cuarto de los ejes de la declaración hispano-británica, la reforma económica, me permite presentar la tercera de las grandes aportaciones de España a la dimensión económica europea. El Consejo Europeo celebrado den Lisboa en marzo de 2000 supuso la culminación de los esfuerzos de España por consensuar entre nuestros socios la necesidad de reformar profundamente nuestras economías como paso previo a la consecución de nuestros objetivos. Tenemos que culminar definitivamente el mercado único. Necesitamos tamaño para nuestros mercados y nuestras empresas. Esto exige una política de liberalización empresarial, intensificando las privatizaciones, unas políticas reforzadas de competencia, y el aumento de las interconexiones en las industrias de red que eliminen las fragmentaciones que aún subsisten en los mercados nacionales.

En Lisboa, nos encomendamos la tarea, con horizonte en 2010, de convertir a Europa en "el área de estabilidad más competitiva y dinámica del mundo" mediante la articulación de un amplio programa de reformas económicas y de modernización de los sistemas de protección social.

Sin embargo, hoy, el horizonte 2010, que todos los Estados Miembros estuvieron prestos a señalar como la referencia de nuestros esfuerzos, se enturbia.

Y lo hace porque, a pesar de los avances en la consolidación del Mercado Único y de haber transformado el sueño de la Unión Monetaria en una realidad, nada de lo hasta ahora conseguido tiene sentido si no somos capaces de avanzar en el cumplimiento de nuestros compromisos.

Las reticencias de algunos países a acometer las liberalizaciones aprobadas por todos y la resistencia de Estados, como el francés, a desprenderse de algunos de los buques insignia de su empresa pública, crean una Europa a dos velocidades. Una Europa en la que los países que cumplen con sus compromisos colectivos, no siempre fáciles o populares, ven amenazados sus avances.

Por esto, la Presidencia Española y más en concreto el Consejo que se celebrará en marzo próximo en Barcelona debe ser el punto de partida de un profundo debate sobre la participación pública en sectores clave de la industria. Un debate enmarcado en un proceso de mutua evaluación y aprendizaje que contribuya a perfeccionar el funcionamiento del Mercado Único y que consolide los compromisos ya adquiridos en Lisboa.

Un debate, en definitiva, que demandan los ciudadanos europeos que, habiendo asumido el camino de la competencia como método eficiente de asignación de los recursos, ven sometidos sus mercados a las ineficiencias importadas de países ideológicamente alérgicos a las reformas económicas.

Es mucho lo que hay en juego. Está en juego la credibilidad de nuestro proyecto común y con ella la confianza de los inversores internacionales en nuestra moneda y en nuestra capacidad de liderar el proyecto globalizado del nuevo siglo. Pero, sobre todo y más importante, está en juego la legitimidad de las instituciones comunitarias ante los propios ciudadanos europeos, que ven cómo se propaga una peligrosa dinámica de grandes titulares y pocos resultados.

Credibilidad y legitimidad son dos conceptos particularmente importantes en el contexto actual en el que se desarrolla el proyecto europeo. Por primera vez, el proceso de construcción europea, marcado por consolidaciones de lo hasta ahora conseguido y por apuestas de futuro, se pregunta ¿y ahora qué?.

El debate sobre qué Europa queremos para el futuro está abierto. En el Consejo de Niza, de diciembre de 2000, los gobernantes de los Estados Miembros de la Unión acordaron lanzar un debate sobre el futuro de la Unión Europea; un debate complementario de carácter más civil y social que el que por fuerza sostienen las instituciones políticas y económicas presentes en el sistema institucional de la Unión.

Podemos preguntarnos con qué espíritu se inicia este debate en las distintas sociedades civiles y europeas. Algunos quieren ver un reconocimiento tácito de la enésima, podríamos decir de la casi endémica crisis, por la que atravesaría la integración. Digamos que estamos hablando de los europesimistas, porque es inevitable pasar del entusiasmo al pesimismo cuando se enfocan con ese ánimo los asuntos europeos. Por mi parte, creo que Europa atraviesa una etapa llena de posibilidades, desde luego, la de mayor dinamismo económico de los últimos 25 años de su historia y también su mayor expansión política.

La recuperación de la mitad del Continente con la ampliación que se avecina permitirá a Europa reencontrarse a sí misma al tiempo que compartimos con nuestros vecinos de Europa Central y Oriental, Malta y Chipre el sueño de Paz y prosperidad que es la Unión Europea.

España, que ha mostrado siempre su más firme convencimiento de la necesidad de acoger a los países candidatos en el seno de la Unión Europea ha vuelto a renovar su compromiso en las prioridades de la próxima Presidencia de la Unión. Durante el primer semestre de 2002, la Presidencia española considera una prioridad política fundamental, la contribución a un avance decisivo de las negociaciones de ampliación, de acuerdo con los calendarios y principios acordados. España es totalmente solidaría con los anhelos de los países candidatos por integrarse lo antes posible en la UE. Trabajaremos por una ampliación que es mucho más que un deber histórico; es también el imperativo político para quienes defendemos la democracia, el pluralismo y los derechos humanos.

España afronta el debate sobre el futuro de la Unión consciente del calado y la magnitud de las decisiones a las que nos enfrentamos. No podemos ser simplistas ni apresurarnos en nuestras consideraciones. Sabemos que la construcción europea ha madurado a través de un proceso de competencia de ideas guiado por el diálogo y la moderación.

Este es el talante con el que España afronta este debate. Un talante que reclama serenidad y que busca centrar el debate en los contenidos, evitando debates vacíos y abstractos basados en grandes palabras que raras veces conducen a algún sitio.

Algunos se han apresurado a pedir del Gobierno español que no tarde ni un minuto más en poner sobre la mesa un diseño institucional de la Europa del futuro. Parece, escuchándoles, que el tiempo se acaba, que el mundo se va a acabar y, dentro del mundo, se va a acabar Europa y que, si no hablamos ahora, tendremos que callar para siempre. Yo, sin embargo, creo que no es bueno empezar las casas por el tejado y tampoco es bueno ni aconsejable acercarse a un simple ejercicio o presentación de ocurrencias, ni mucho menos el demostrar cierta inmadurez.

Todos sabemos lo llamativo que es proponer tal o cual institución y avanzar cuál debería ser su composición, y además discutir cómo se debería llamar; pero eso tiene que ser justamente lo último. Lo importante no es que la Comisión Europea pase a llamarse Gobierno Europeo; lo importante es saber qué va a hacer, qué competencias va a tener, cómo las va a ejercitar, con qué controles. Eso no puede ser decisiones previas, sino las consecuencias de unas decisiones de mayor calado y de mayor contenido.

Tenemos que pensar, en consecuencia, la manera de preservar un sistema de gobierno que nos es común, fundado en la voluntad popular libremente expresada en elecciones, de las que nacen Gobiernos responsables ante los ciudadanos.

Lo que en toda Europa debemos reflexionar es cómo y quién ha de tomar las decisiones, cómo y quién debe redactar las normas, cómo y quién ha de ejecutarlas, y cómo y quién ha de juzgar las infracciones contra ellas. Una vez decidido todo eso, que no es poca tarea, será el momento de dar forma y nombre a las instituciones que lo canalicen.

España, como es natural, fijará posición sobre esas cuestiones y no tardará en hacerlo; pero no vamos a perseguir ni persigamos la originalidad a toda costa.

En mi opinión, aún existe demasiado sabor nacional en las propuestas realizadas por distintos y distinguidos mandatarios europeos. Y ello es lógico, y puede entenderse como lógico, porque todos tendemos a una trasposición a escala europea de los respectivos sistemas políticos en los que hemos vivido. Pero tampoco vamos a confundir lo que son las primeras manifestaciones o documentos de partido con definitivas posiciones de Estado. Todos estaremos de acuerdo en que no es lo mismo una declaración ante medios de comunicación que una resolución de un Parlamento, y que no es lo mismo un documento preparatorio de un congreso de un partido político en el Gobierno que una propuesta oficial para ser presentada al Consejo de Jefes de Estado y de Gobierno.

Con el permiso de esos entusiastas de un futuro idealista que nunca llega a golpes de decreto, y sin pretender volver a la realidad a los nostálgicos de un pasado idílico que nunca existió en el seno de la Comunidad, sencillamente vamos a discutir con tranquilidad entre todos; preferiblemente entre todos cuantos queremos pensar en términos de eficacia, de representatividad y de democracia; a partir de la realidad de una Europa que ha sido recuperada en 1989 con la caída del Muro de Berlín y en proceso de reunificación desde entonces; desde una España que parte de una posición extraordinariamente sólida como miembro fundador del euro y de una posición institucional reforzada después del Tratado de Niza.

Estamos diseñando la Europa del futuro, pero no llegaremos a una Europa definitiva. El año 2004 no será la última etapa de la Europa integradora. El objetivo fundamental, pienso yo, es lograr una Europa con mayores controles democráticos y contrapesos de poderes, sostenida en su bienestar por una economía competitiva que sirva para mantenerla como la zona de desarrollo pujante durante todo el siglo XXI.

Y me parece oportuno insistir y profundizar en cuestiones que están presentes en todo debate europeísta maduro:

- El refuerzo de la cohesión interna de la Unión, lo que supone el fortalecimiento del Mercado Único y el desarrollo de la Unión Económica y Monetaria en el marco de un espacio económico homogéneo y solidario.

- La modernización del modelo social y europeo para lograr una economía más flexible y competitiva, basada en el equilibrio presupuestario, la liberalización económica y la reforma laboral con vistas a la consecución del pleno empleo.

- La creación del espacio policial y judicial común, con el fin de que los ciudadanos puedan sentírse cada vez más libres y seguros en una Europa sin fronteras.

- Convertir a la Unión en un actor con peso en la escena internacional, lo que exige un gran impulso a la Política Exterior y de Seguridad Común y, en concreto, a una defensa europea combinada con una organización de seguridad más amplia como es la Alianza Atlántica.

Estos trabajos van más allá de la cita del año 2004, pero van configurando día a día el futuro de la Unión. Permítanme que finalice por donde comencé. España es hoy un país vital y que mira al futuro con confianza. Un país con una clase empresarial y profesional pujante, en última instancia responsable de esta vitalidad. Un país que ha conocido bien cuáles son los efectos del aislamiento y del proteccionismo y que sabe que el gran riesgo que presenta el proceso de globalización es que se detenga, no que continúe. Ésta es la experiencia que queremos aportar para conseguir una Unión Europea abierta y dinámica y así canalizaremos nuestro liderazgo creciente en la Unión.

 

Pallanka © Copyright 2001

Asociación Demetrio Betegón / Historia / ¿Quienes Somos? / Actividades / Publicaciones

Contacta con nosotros