|

Crónica
Entrevista
Perfil
Conferencia
CRÓNICA
ALEJANDRO
AGAG EXPLICÓ EL LIDERAZGO ESPAÑOL EN EUROPA
Alejandro
Agag, quien impartió una conferencia en el foro de debate
Pallanka titulada "Liderazgo español en Europa",
fue tajante al explicar que mientras España iba por
detrás de otros países hace años, en la actualidad
ocupa los primeros puestos; y afirmó que «España va a
protagonizar con su presidencia en la Unión Europea el
momento histórico de la entrada en vigor del euro».
Por
otro lado, el secretario general del Partido Popular
europeo, aseguró que España tiene una posición de
liderazgo en Europa por su modelo político de
centro-reformista y porque crea más empleo que el resto de
los países.
Alejandro
Agag Longo comentó además las consecuencias del reciente
atentado contra intereses norteamericanos y dijo que «Estados
Unidos es nuestro aliado principal, y este atentado es una
agresión externa a toda la alianza, es decir, es como si
hubieran agredido a España».
En
cuanto a la respuesta de Europa a este atentado, Alejandro
Agag añadió que «debe ser de apoyo sin condiciones a
nuestros aliados». Además, destacó que una vez que
Estados Unidos determine quiénes son los culpables «habrá
que responder».
El
secretario general del PP europeo dijo también que Europa
deberá profundizar en la cooperación contra el terrorismo
«que es enemigo común de nuestras sociedades y es igual en
todas partes». Alejandro Agag, quien asemejó el ataque a
EEUU con el terrorismo de ETA, cree que desde Europa es
necesario intensificar la cooperación internacional como
medida para luchar contra el terror.

ENTREVISTA
Entrevista
con Alejandro Agag Longo, Secretario general del Partido
Popular Europeo, publicada por el Diario palentino
«El
terrorismo es el enemigo de la sociedad»
Con 31 años de edad, Alejandro
Agag ya es secretario general del Partido Popular Europeo,
tras haber permanecido varios años como asesor personal del
presidente del Gobierno, José María Aznar. Agag participó
en el foro de debate Pallanka, ofreciendo una conferencia
sobre el «liderazgo español en Europa». Su análisis
desde la posición que ocupa en el Parlamento Europeo nos
hace ver con optimismo el futuro de Europa, tanto en el
aspecto económico como en el de la seguridad interior y
exterior.
|
El
hombre que mueve los hilos del Partido Popular Europeo
explicó en la capital palentina que España ha pasado
de «mirar cómo se reparte el pastel» a «estar en
la mesa y decidir el menú». Asimismo, Agag insistió
en que debemos prepararnos para combatir al
terrorismo.
¿Cómo está viviendo el Parlamento europeo la
crisis desatada tras los atentados de Estados Unidos?
Con mucha preocupación y a la expectativa a ver
como se desarrollan los acontecimientos. Yo creo que
es momento de tener la cabeza fría, no es momento de
precipitarse ni de llegar a conclusiones demasiado
pronto. Yo creo que la reacción de Estados Unidos está
siendo la adecuada, con la suficiente paciencia,
esperando hasta tener los datos suficientes. Lo que es
muy claro para nosotros es el apoyo absoluto a nuestro
aliado más importante, que es Estados Unidos.
Profundizando un poco más, esto tiene que tener
un efecto en cuestiones políticas a más largo plazo.
Queda claro que el enemigo de nuestra sociedad es el
terrorismo. Todos los terrorismos son iguales y hay
que luchar contra ellos con la misma decisión, por
tanto eso tiene que empujar a potenciar al máximo una
coordinación de políticas de seguridad interior de
la UE y a plantear políticas más eficaces europeas
para luchar contra el terrorismo en Europa. Y también
potenciar la cooperación en la defensa y seguridad
común exterior.
¿Qué acciones se han llevado a cabo desde
Europa para combatir el terrorismo, tanto antes como
después del martes negro?
Aquí se ha hecho un camino largo. Hace años
había, por parte de algunos ámbitos de sociedades
europeas, hasta cierta disculpa o matiz en la condena
de actos terroristas, incluso en España. Por ejemplo,
a ETA se le consideraba como separatista o
independentista, sin utilizar el calificativo de
terrorista.
Ahora Europa está unida en contra del
terrorismo y ya nadie duda de que ETA es un grupo
terrorista. También se ha avanzado en la política de
interior y seguridad común, así como en la
colaboración policial o la orden europea de busca y
captura. Nosotros vamos a empujar al máximo para que
se ponga en marcha cuanto antes.

A tres meses de que España inicie la
presidencia europea ¿qué retos debe asumir?
Evidentemente, los retos de la presidencia española
son los que eran, pero todo queda relativizado por lo
que ha sucedido el martes. Esto tiene consecuencias a
largo plazo y va a suponer un empujón en el
desarrollo de la política de seguridad e interior,
que ya era una prioridad de la Unión Europea y del
Gobierno Aznar. Ahora no creo que ningún país ponga
obstáculos para avanzar porque nos jugamos la
seguridad todos.
Otra prioridad es el avance del camino que se
trazó en la cumbre de Lisboa, donde se estableció
como objetivo hacer de Europa la zona económica más
avanzada del mundo en el año 2010. Esto, a través de
un camino de liberalizaciones, aperturas de los
mercados y reformas para una mejor competitividad. En
algunas presidencias no se ha conseguido los avances
esperados, por lo que seguirá siendo otra de las
grandes prioridades de la presidencia española.
¿Están preparados los países europeos y España
para la llegada del euro?
Yo creo que es histórico que coincida con la
presidencia española. Éste es el mayor símbolo de
integración en la historia de Europa. Poner todos en
común una moneda es mucho más que un gesto económico,
es un gesto político y el hecho de que sea España la
que lo protagonice es muy importante.
Europa está preparada y desde el punto de vista
operativo no habrá problemas. Puede haber alguno de
tipo psicológico porque la gente se tiene que
acostumbrar a pagar en euros y no en pesetas o en
francos. Hay que ayudar a la gente con campañas de
divulgación del euro cuando entre en vigor.
¿Qué papel juega España en la actual Unión
Europea?
Creo que España ha dado un cambio radical en
los últimos 5 años y aún más en los últimos 20.
España era un país que no estaba en la mesa, estaba
fuera de la toma de decisiones mirando desde fuera cómo
los demás se reparten el pastel. Ahora está pidiendo
la carta y decidiendo el menú. Es uno de los países
que está tirando del carro, protagonista de los
cambios y presentando iniciativas concretas. José María
Aznar es uno de los líderes más fuertes y apreciados
de Europa.
¿Cómo puede afectar a España y a Castilla y
León la ampliación de la Unión Europea en la
llegada de fondos europeos?
La ampliación es una realidad y nosotros vamos
a apoyarla, pero no se puede hacer a costa de las
regiones que reciben fondos en estos momentos. El
Gobierno lo que hará es negociar una ampliación para
que regiones como Castilla y León no se vean
afectadas por ello. Eso sí, según va creciendo
Castilla y León recibirá menos fondos que las
regiones pobres. Pero lo que todos queremos es que las
regiones se enriquezcan y no tengan necesidad de
recurrir a esos fondos.
¿Cómo afronta Europa el grave problema de la
inmigración?
La inmigración la tenemos que ver más como una
oportunidad que como un riesgo. Estados Unidos por
ejemplo tiene como una gran cualidad la absorción de
personas de tantas razas y orígenes que aportan al país.
Evidentemente, la emigración no puede ser sin
control, tiene que ser legal. Tiene que haber puertas
abiertas a emigrantes, pero de forma controlada y
sensata. Es un problema grave el de las pateras, ya
que están controladas por mafias que se enriquecen
con el tráfico de personas, otro tipo de terrorismo.
|

PERFIL

ALEJANDRO
AGAG LONGO
- Nacido
en Madrid en 1970
- Soltero.
- Licenciado en Ciencias Económicas y Empresariales
por el CUNEF, Universidad Complutense de Madrid.
- Miembro del Comité Ejecutivo y Coordinador de
Relaciones Internacionales de Nuevas Generaciones.
- Vicesecretario General del Partido Popular Europeo, de
1994-1996.
- En mayo de 1996, se traslada a Presidencia de Gobierno
para ocupar el puesto de ayudante personal de José María
Aznar.
- En febrero de 1999 es elegido Secretario General del
Partido Popular Europeo y es incluido en el Comité
Ejecutivo Nacional del Partido Popular.
- El 20 de julio de 1999 es investido Miembro del Parlamento
Europeo por el Partido Popular.
- Secretario General de la Fondation d'Etudes Européens y
Secretario General del Instituto para la Democracia de
Bucarest.

CONFERENCIA
"ESPAÑA
VISTA DESDE EUROPA"
Alejandro
Agag Longo
Si
tuviera que resumir en una frase el estado de salud de
nuestro país en Europa diría que ESPAÑA ESTÁ FUERTE. Y
es curioso porque, siendo una afirmación que pocos
negarían en Bruselas, da la sensación de que aquí no nos
la terminamos de creer o, al menos, por aquello de que
"nadie es profeta en su tierra", no somos
totalmente conscientes de cuál es el peso real de nuestro
país en la UE. Por eso, mi propósito al escribir estas
líneas no ha sido otro que el de mostrar los hechos, el
talante o las ideas que han permitido que en menos de 20
años hayamos pasado de ser país candidato a la adhesión a
ser uno de los países grandes de la Unión con liderazgo
compartido en la práctica totalidad de los temas.
Para
ello, para cumplir este objetivo, trataré de avanzar por
aspectos fundamentales que marcan el debate actual sobre el
proceso de construcción europea, tales como, la ciudadanía
europea, la dimensión económica de la Unión o el futuro
de Europa, mostrando en cada uno de ellos cómo la
aportación española es y seguirá siendo esencial en la
configuración de una Europa capaz de liderar el proyecto
del siglo que acabamos de comenzar.
Sin
duda alguna, nos encontramos en un momento crucial de la
Historia de nuestro proyecto común. El propio dinamismo del
proceso de construcción europea y la suma de voluntades nos
han permitido estrechar los lazos que nos unen con nuestros
compañeros de viaje hasta crear un interés comunitario que
coexiste y es perfectamente compatible con los legítimos
intereses nacionales. Sin embargo, estamos dispuestos a ir
más lejos aún. Estamos dispuestos a profundizar y a
ampliar nuestro proyecto, haciendo partícipes del mismo a
nuestros hermanos de Europa Central y Oriental, Malta y
Chipre. Y más aún. Por primera vez, nos hemos cuestionado
de forma seria qué tipo de Europa queremos para el futuro.
España
llega a este punto sin retorno con los deberes hechos. Hoy
nadie duda de que España es un país grande. Hoy a España
se le escucha. Y si esto es así, es porque nuestros avales
han sido siempre la confianza en las ventajas de pertenecer
y trabajar en pos del sueño europeo, el cumplimiento de los
compromisos adquiridos como bandera y la eficacia como
herramienta. Dentro de pocos meses España asumirá, por
tercera vez, la responsabilidad de presidir la Unión
Europea. Una Presidencia que, como es bien sabido, supondrá
la llegada de la moneda única a nuestros bolsillos en lo
que puede considerarse como el paso más decisivo jamás
dado en pos de la integración pacífica de los pueblos de
Europa.
Transcurridos
cinco años desde la última Presidencia española, nuestro
país ha seguido creciendo y madurando. Y lo ha hecho en
muchos sentidos.
Desde
el punto de vista económico, el balance de este período ha
sido ciertamente positivo. España ha experimentado una fase
de expansión y de prosperidad económica sostenida. En los
últimos cinco años, hemos sido el país, junto con
Irlanda, con mayores niveles de crecimiento económico
dentro de la Unión y ello al tiempo que este año se
presentaban los primeros presupuestos con déficit cero de
la historia de la Democracia. Este hecho, además de
permitir reducir de forma significativa la brecha que nos
separa de los países más ricos de la Unión, nos ha
permitido crear más de la mitad de todos los empleos
creados en la Unión Europea durante ese período.
España
ha pasado a invertir en el exterior una cifra equivalente a
nada menos que el 10% de su PIB, convirtiéndose así en el
sexto inversor mundial.
Hoy
España, aunque este dato a veces no sea bien conocido, es
la segunda economía más abierta entre las diez principales
de la OCDE y no pocos empiezan a cuestionarse por qué aún
no nos sentamos en las reuniones de los países más ricos
del mundo.
Este
mayor peso internacional nos trae también nuevas
responsabilidades. España participó en su momento en
primera fila en el programa de apoyo financiero a Brasil y
más recientemente ha sido el único país que de forma
bilateral, de la mano del Fondo Monetario Internacional, se
ha comprometido a la asistencia financiera en Argentina.

Pero
nuestras responsabilidades y nuestros logros no acaban en el
plano económico. La presencia activa de España en
instituciones multilaterales de Defensa, tanto europeas como
en la OTAN, ha llevado a nuestras Fuerzas Armadas a destacar
en todas y cada una de las misiones humanitarias en las que
ha participado y, sobre todo, ha permitido cambiar la
percepción de los españoles respecto del papel y la
necesidad de un ejército bien preparado y profesional.
En
este sentido, creo que no me equivoco al afirmar que, tras
los lamentables hechos ocurridos la semana pasada en los
Estados Unidos y ante la violación de los ideales
democráticos bajo los que libremente hemos decidido vivir,
todos nos sentimos algo orgullosos por el enorme consenso
alcanzado entre el pueblo español, cerrando filas en torno
a la plena disposición de nuestro Presidente a no escatimar
medios en erradicar una lacra como el terrorismo que
desgraciadamente nosotros padecemos desde demasiado tiempo.
España
es una nación con un gran futuro en un mundo que está
cambiando. No sólo somos una nación activa en Europa,
nuestro espacio principal de proyección exterior, también
formamos parte de la comunidad Iberoamericana de naciones,
con quienes compartimos historia y lengua, y con quienes
queremos crear un futuro común. Además, nuestra posición
en el Mediterráneo favorece nuestro trabajo para lograr en
este mar un área de seguridad, prosperidad y estabilidad.
Finalmente,
no puedo dejar de mencionar nuestra cultura plural, asentada
a lo largo de siglos, como uno de nuestros mejores triunfos
en el mundo abierto en el que vivimos. El Castellano es
nuestra mejor herramienta para garantizar la presencia de
España en el mundo global y para reforzar el vínculo con
la comunidad Iberoamericana de naciones, dotándola de una
presencia internacional de primer orden.
Esta
introducción en la que, de forma breve, he esbozado algunas
de las razones de la fortaleza actual de nuestro país,
tanto en el contexto europeo como internacional, nos permite
analizar con más detalle el esencial papel que España
desempeña y desempeñará en el futuro en el proyecto
Europeo.
Para
ello, como anuncié anteriormente me apoyaré en tres
conceptos que a día de hoy marcan el debate europeo: el
espacio de libertad, seguridad y justicia, la dimensión
económica de la Unión y el Futuro de Europa.
En
los documentos programáticos del Partido Popular puede
leerse que la Unión Europea forma parte de nuestro
proyecto, porque en ella trabajamos por el progreso con
otras naciones europeas y defendemos mejor nuestros valores
e intereses. La tradición histórica y la importancia
actual de nuestro país nos obligan a ser fuerza motriz del
proyecto europeo y a asumir el éxito y la defensa de la
integración europea como uno de nuestros compromisos
irrenunciables.
El
proyecto de Europa por el que trabaja España defiende la
posición y los intereses de nuestro país, con la finalidad
de integrarlos en un proyecto común que incluye a nuestros
socios europeos. Sin lugar a dudas, uno de los pilares
fundamentales de este proyecto es el desarrollo y el
fortalecimiento del espacio de Libertad, Seguridad y
Justicia.
Hoy
día nadie duda de que el éxito de Europa pasa, en gran
medida, por la toma de conciencia por parte de los
ciudadanos de los Estados Miembros de su condición de
europeos. Consciente de ello, en la cumbre de Tampere
celebrada en 2000, España, a través del trabajo eficaz de
nuestro gobierno, logró consensuar entre nuestros socios un
impulso definitivo a la consolidación de este espacio
único.

España
concede prioridad a la profundización del espacio de
libertad, que no sólo debe garantizar la libertad de
circulación de personas sino también el disfrute efectivo
de sus derechos en el ámbito europeo. La seguridad es
imprescindible para hacer real este espacio de libertad.
Debemos hacer más eficaces los instrumentos de la lucha
contra la delincuencia que amenaza nuestras libertades. Para
ello, el espacio de justicia que queremos en la Unión
Europea debe conducir a que el ciudadano se sienta
verdaderamente en un marco de justicia común en todo el
territorio de la Unión.
En
el ámbito europeo compartimos un mismo sistema de valores
democráticos y similares garantías judiciales. Por eso
debemos trabajar para que la persecución de los delitos
más graves no se detenga en las fronteras nacionales.
Si
hay un éxito que haya marcado el papel reciente de España
en la Unión, ése ha sido haber logrado abrir los ojos de
los europeos ante una lacra como la del terrorismo de ETA.
Hasta hace poco tiempo, esta banda de asesinos era
considerada por muchos medios de prensa europeos como
organización separatista o extremista, hoy nadie duda de la
barbarie y el fascismo que encierran sus acciones. Las
simpatías derivadas de la desinformación que mostraban
algunos países hacia el movimiento independentista se han
convertido en rechazo absoluto. Hoy más que nunca, cerramos
filas en Europa y en el mundo entorno a unos valores
democráticos que se encuentran en la base de nuestra
existencia y sobre los cuáles construimos nuestro edificio
común.
Sin
embargo, esta toma de consciencia colectiva no ha sido
fácil. Ha estado precedida de una labor impecable por parte
de todos y cada uno de nuestros representantes en las
instituciones europeas que, tanto en público como en
privado y dejando al margen diferencia partidistas, han
puesto sobre la mesa lo insostenible de esta situación. Una
labor que ya ha dado sus frutos poniendo sobre la mesa de
debate la articulación de procedimientos más ágiles de
extradición y, más aún, introduciendo en la agenda
europea, en el capítulo de prioridades, la orden de entrega
y extradición de alcance europeo.
Desgraciadamente,
el contexto globalizado en el que nos desenvolvemos
determina, y los hechos recientes así lo corroboran, que el
crimen también se globaliza. Por eso, es esencial contar
con instrumentos ágiles que permitan combatir de manera
más eficaz delitos tan graves como el tráfico de drogas,
el tráfico de seres humanos o, el propio terrorismo.

Sin
duda alguna, otro de los problemas que azotan Europa y que
en nuestro país conocemos de primera mano es el de la
inmigración. Todos estamos de acuerdo en que el fundamento
del espacio de libertad, seguridad y justicia debe ser una
protección uniforme de los derechos fundamentales y de las
libertades de que gozan los ciudadanos de la Unión Europea
y, por tanto, los beneficios del mismo deben extenderse a
aquellos que se encuentren legalmente en la Unión atraídos
por una esperanza de vida mejor. Sin embargo, el sueño de
paz y prosperidad que representa la Unión Europea no puede
permitirse observar atónito el drama que supone la llegada
masiva y diaria de pateras a nuestras costas. El sacrificio
de vidas y de ilusiones para enriquecimientos de las mafias
debe ser cortado de raíz.
Nuestro
gobierno ha reiterado en innumerables ocasiones la necesidad
de una acción concertada entre todos los Estados Miembros
como única vía de solución de un drama que sobrepasa el
plano político y se convierte en una cuestión moral. Sólo
desde la fuerza que da la unidad, podremos luchar de forma
eficaz contra las mafias y colaborar y cooperar exitosamente
con aquellos países de los que parte la inmigración
ilegal. Para ello, durante la próxima Presidencia, España
plantea entre sus prioridades la formulación de acuerdos
que permitan establecer unas condiciones comunes de asilo e
inmigración que mantengan el talante abierto que ha
caracterizado históricamente a nuestro continente, pero
que, tanto por nuestro bien como por el bien de los que
llegan, introduzcan algo de racionalidad y eficacia en esta
realidad.
El
último aspecto que me gustaría tratar dentro de este
apartado amplio en el de la ciudadanía europea y, más en
concreto, el de la dimensión política de la dicha
ciudadanía.
Tal
y como dijimos anteriormente, uno de los factores que
determinan el éxito futuro de nuestro proyecto será el
grado de participación y la aceptación de los ciudadanos
de los Estados miembros de su condición de ciudadanos
europeos. Estamos de acuerdo en que la libertad y la
seguridad de movimientos en Europa es requisito fundamental
en esta consideración.
Sin
embargo, el edificio de la ciudadanía europea tiene muchas
plantas y una de ellas es su dimensión política.
Actualmente,
todos los países miembros de la Unión contamos con
democracias maduras y sanas, en las que la participación
activa de la sociedad civil es una norma. Este hecho, del
que debemos felicitarnos, constituye uno de los requisitos
fundamentales para el correcto desarrollo de la vida
democrática. Sin embargo, el contexto de integración
creciente en el que nos desenvolvemos en Europa, junto que
el proceso de mundialización al que asistimos en el resto
del planeta, está alterando los parámetros y el alcance y
las repercusiones de la acción política.

En
este nuevo contexto, la Unión Europea deberá dotarse de
elementos vertebradores que actúen como espina dorsal y que
le den la cohesión necesaria para seguir avanzando con
criterios comunes. Ese fundamental papel de vertebración
estarán llamados a realizarlo en el futuro los partidos
políticos de ámbito europeo tal y como fue finalmente
reconocido en el Consejo de Niza.
El
Partido Popular a través de la pertenencia al Partido
Popular Europeo, ha trabajado denodadamente para que los
partidos políticos de ámbito europeo posean el
reconocimiento institucional que los convierta en la
verdadera expresión política de la ciudadanía europea.
El
estatuto de los partidos políticos europeos, que será una
realidad en el corto plazo, culmina nuestras aspiraciones de
reconocimiento en el marco institucional de la Unión y
permitirá transformar definitivamente nuestra capacidad de
actuación, dándonos posibilidades reales de llevar a cabo
nuestro proyecto político.
Un
proyecto que, consciente de las obligaciones cada vez
mayores del Partido Popular Europeo en un mundo abierto y de
su creciente responsabilidad en el nuevo orden global que
estamos viendo aparecer, refuerza la dimensión
internacional de nuestra familia política y de nuestros
miembros. Un mundo global exige a los partidos políticos
vínculos e interlocutores globales, así como respuestas
igualmente globales a los problemas de la humanidad.
Pero
la aportación de España al PPE no acaba ahí. Como
Secretario General del Partido Popular Europeo y como
español observo con orgullo cómo los 42 partidos
integrantes de nuestra familia política han abrazado los
preceptos del modelo de "Centro Reformista",
entorno al que hemos construido nuestra mayoría y que tan
buenos resultados está proporcionando en nuestro país. A
España no sólo se le escucha sino que empezamos a exportar
ideas y planteamientos que nos demandan nuestros socios.
Ideas y valores universales que sitúan a la persona en el
centro de la acción política y desde el centro como
espacio político y el diálogo y la moderación como
herramientas pretenden alcanzar una sociedad de las
oportunidades basada en el conocimiento.

Sin
embargo, para poder exportar nuestras ideas ha sido
necesario que éstas se encuentren apoyadas en sólidos
resultados que las legitimen. Renovacion de personas. Dar
paso a gente nueva. Renovación también en Palencia.
Quizás sea en el ámbito económico en el que más
tangibles hayan sido los buenos resultados obtenidos por la
gestión de nuestro gobierno. Pasamos pues analizar la
aportación española en lo que podríamos denominar la
dimensión económica de la Unión, sin duda, el pilar
fundamental en el que se ha basado hasta ahora la
integración de los Estados Miembros.
Cuando
se habla de aportación española en el ámbito económico
no se pueden dejar de considerar tres hechos, a mi modo de
ver, claves en la realidad económica europea actual: el
aprobado con nota en el examen del euro; la cumbre hispano
británica sobre empleo y reforma económica; el Consejo
Europeo celebrado en Lisboa durante la Presidencia
portuguesa.
En
primer lugar, el respaldo mayoritario de los españoles a la
entrada en la moneda única permitió a nuestro país dar
toda una lección de rigor político y económico y sentar
las bases para el devenir futuro de nuestra economía. La
preparación del examen no fue fácil. El Tratado de
Maastricht y la asunción del Pacto de Estabilidad y
Crecimiento suponía pedir a los españoles fuertes
sacrificios que no verían su recompensa más que en el
medio plazo. De nuevo España estuvo a la altura de
circunstancias.
Una
vez pasado el examen, con la seguridad que proporciona el
apoyo popular prácticamente unánime a la idea de Europa,
nuestro actual gobierno se embarcó en una política
económica que aún hoy se mantiene y que nos ha permitido
converger con Europa, reduciendo significativamente la
brecha de riqueza que nos separaba de nuestros socios y
convirtiéndonos en modelo de referencia de las políticas
económicas diseñadas en nuestro entorno.
A
riesgo de repetir lo que quizá es bien conocido,
permítanme citar dos elementos fundamentales en las
políticas que nos han conducido a esta realidad. Por
un lado, el rigor y la estabilidad macroeconómica. Hemos
logrado reducir progresivamente el déficit de las arcas
públicas desde niveles preocupantes alrededor del 7% en
1994 hasta presentar, este año, los primeros presupuestos
con déficit cero de la Democracia. Y esto al tiempo que se
bajaban los impuestos y se seguía garantizando la calidad
de los servicios públicos. Por otro lado, hemos mantenido
la fe ciega en las reformas estructurales, no siempre
fáciles, destinadas a modernizar y flexibilizar nuestro
mercado de trabajo y a preparar para el mercado único y a
aumentar la competencia en sectores tan importantes como el
de las telecomunicaciones, la electricidad, el gas o los
hidrocarburos.

La
confianza que siempre demostró nuestro gobierno en la
iniciativa privada nos ha conducido a introducir una
decidida política de privatizaciones. La consideración de
la competencia como la prolongación en el mercado de los
derechos democráticos de los ciudadanos conduce
inevitablemente a un Estado, que hace bien las funciones que
le son propias, pero que deja al sector privado el papel de
suministrador de bienes y servicios a los ciudadanos. En el
caso de España, esta opción ha contribuido sin duda a
modernizar el país, dotándonos de un nuevo tejido
empresarial dinámico y dispuesto a competir con el
exterior.
Hoy
existe consenso generalizado respecto a que el éxito de
Europa en el terreno económico y, por tanto, la posibilidad
de liderar el proyecto globalizado que depara el nuevo
siglo, pasa por la asunción sin cuestionamientos de una
política basada en estos dos conceptos fundamentales.
Nuestro papel, como hasta ahora, seguirá siendo predicar
con el ejemplo y seguir velando para que los compromisos
derivados de ese consenso se cumplan.
El
segundo de los hechos fundamentales en los que valorar el
liderazgo de nuestro país en el contexto económico europeo
tuvo lugar con la declaración hispano británica de abril
de 1999. En esas fechas, Nuestro Presidente de Gobierno y el
primer ministro británico, Tony Blair, suscribieron una
declaración sobre empleo y reforma económica con el
objetivo de impulsar la cooperación conjunta en la Unión
Europea. En mi opinión, esta declaración marca un antes y
un después en muchos de los planteamientos
socio-económicos europeos.
Los
ejes centrales de esta declaración eran la persecución del
pleno empleo, la modernización del modelo social europeo,
la reforma económica y la sociedad del conocimiento.
Estos
objetivos pasaron rápidamente, incluso de forma literal, a
formar parte de las declaraciones de intenciones del
conjunto de países de la Unión. Por primera vez se
abandonaba el tratamiento utópico del pleno empleo y se le
situaba en la dimensión de las realidades posibles. El
hecho de que el país con los niveles de paro más elevados
de la Unión Europea planteara el pleno empleo como objetivo
abrió los ojos del resto de países miembros. Europa no
puede aspirar a convertirse en una potencia económica
mundial si tanta gente sigue fuera del empleo,
particularmente entre los grupos más vulnerables, como las
mujeres, los jóvenes o los mayores.

Hoy
existe amplio consenso respecto a las decisiones que hay que
tomar en este sentido: mejorar la formación y la
capacitación profesional; flexibilizar la negociación
colectiva; reformar los sistemas de tributación del trabajo
y de prestaciones. Ahora, nuestra labor es transformar ese
consenso en la práctica.
La
alusión a la modernización del modelo social europeo puso
el acento en uno de los principales problemas que tendrá
que hacer frente Europa en las próximas décadas. El efecto
combinado de la drástica reducción en la tasa de natalidad
y de la mayor longevidad determina por simple aritmética la
quiebra de nuestro modelo social tal y como era concebido
hasta ahora. La declaración hispano-británica se hacía
eco de este problema y demandaba la necesidad de reformar
nuestro modelo sin alterar su especificidad, pero con la
firme propuesta de garantizar no sólo su existencia sino su
buena salud como legado a las generaciones futuras.
Al
igual que los demás objetivos, la creación de una sociedad
del conocimiento sobre la que basar nuestra prosperidad
futura ha pasado a formar parte integrante del acervo
comunitario y ha situado a la educación en niveles
prioritarios en todas las agendas europeas. Sólo a través
de una verdadera sociedad del conocimiento podremos alcanzar
una sociedad de oportunidades para todos capaz de crear
empleo y de premiar el trabajo y el esfuerzo.
El
cuarto de los ejes de la declaración hispano-británica, la
reforma económica, me permite presentar la tercera de las
grandes aportaciones de España a la dimensión económica
europea. El Consejo Europeo celebrado den Lisboa en marzo de
2000 supuso la culminación de los esfuerzos de España por
consensuar entre nuestros socios la necesidad de reformar
profundamente nuestras economías como paso previo a la
consecución de nuestros objetivos. Tenemos que culminar
definitivamente el mercado único. Necesitamos tamaño para
nuestros mercados y nuestras empresas. Esto exige una
política de liberalización empresarial, intensificando las
privatizaciones, unas políticas reforzadas de competencia,
y el aumento de las interconexiones en las industrias de red
que eliminen las fragmentaciones que aún subsisten en los
mercados nacionales.
En
Lisboa, nos encomendamos la tarea, con horizonte en 2010, de
convertir a Europa en "el área de estabilidad más
competitiva y dinámica del mundo" mediante la
articulación de un amplio programa de reformas económicas
y de modernización de los sistemas de protección social.

Sin
embargo, hoy, el horizonte 2010, que todos los Estados
Miembros estuvieron prestos a señalar como la referencia de
nuestros esfuerzos, se enturbia.
Y
lo hace porque, a pesar de los avances en la consolidación
del Mercado Único y de haber transformado el sueño de la
Unión Monetaria en una realidad, nada de lo hasta ahora
conseguido tiene sentido si no somos capaces de avanzar en
el cumplimiento de nuestros compromisos.
Las
reticencias de algunos países a acometer las
liberalizaciones aprobadas por todos y la resistencia de
Estados, como el francés, a desprenderse de algunos de los
buques insignia de su empresa pública, crean una Europa a
dos velocidades. Una Europa en la que los países que
cumplen con sus compromisos colectivos, no siempre fáciles
o populares, ven amenazados sus avances.
Por
esto, la Presidencia Española y más en concreto el Consejo
que se celebrará en marzo próximo en Barcelona debe ser el
punto de partida de un profundo debate sobre la
participación pública en sectores clave de la industria.
Un debate enmarcado en un proceso de mutua evaluación y
aprendizaje que contribuya a perfeccionar el funcionamiento
del Mercado Único y que consolide los compromisos ya
adquiridos en Lisboa.
Un
debate, en definitiva, que demandan los ciudadanos europeos
que, habiendo asumido el camino de la competencia como
método eficiente de asignación de los recursos, ven
sometidos sus mercados a las ineficiencias importadas de
países ideológicamente alérgicos a las reformas
económicas.
Es
mucho lo que hay en juego. Está en juego la credibilidad de
nuestro proyecto común y con ella la confianza de los
inversores internacionales en nuestra moneda y en nuestra
capacidad de liderar el proyecto globalizado del nuevo
siglo. Pero, sobre todo y más importante, está en juego la
legitimidad de las instituciones comunitarias ante los
propios ciudadanos europeos, que ven cómo se propaga una
peligrosa dinámica de grandes titulares y pocos resultados.
Credibilidad
y legitimidad son dos conceptos particularmente importantes
en el contexto actual en el que se desarrolla el proyecto
europeo. Por primera vez, el proceso de construcción
europea, marcado por consolidaciones de lo hasta ahora
conseguido y por apuestas de futuro, se pregunta ¿y ahora
qué?.

El
debate sobre qué Europa queremos para el futuro está
abierto. En el Consejo de Niza, de diciembre de 2000, los
gobernantes de los Estados Miembros de la Unión acordaron
lanzar un debate sobre el futuro de la Unión Europea; un
debate complementario de carácter más civil y social que
el que por fuerza sostienen las instituciones políticas y
económicas presentes en el sistema institucional de la
Unión.
Podemos
preguntarnos con qué espíritu se inicia este debate en las
distintas sociedades civiles y europeas. Algunos quieren ver
un reconocimiento tácito de la enésima, podríamos decir
de la casi endémica crisis, por la que atravesaría la
integración. Digamos que estamos hablando de los
europesimistas, porque es inevitable pasar del entusiasmo al
pesimismo cuando se enfocan con ese ánimo los asuntos
europeos. Por mi parte, creo que Europa atraviesa una etapa
llena de posibilidades, desde luego, la de mayor dinamismo
económico de los últimos 25 años de su historia y
también su mayor expansión política.
La
recuperación de la mitad del Continente con la ampliación
que se avecina permitirá a Europa reencontrarse a sí misma
al tiempo que compartimos con nuestros vecinos de Europa
Central y Oriental, Malta y Chipre el sueño de Paz y
prosperidad que es la Unión Europea.
España,
que ha mostrado siempre su más firme convencimiento de la
necesidad de acoger a los países candidatos en el seno de
la Unión Europea ha vuelto a renovar su compromiso en las
prioridades de la próxima Presidencia de la Unión. Durante
el primer semestre de 2002, la Presidencia española
considera una prioridad política fundamental, la
contribución a un avance decisivo de las negociaciones de
ampliación, de acuerdo con los calendarios y principios
acordados. España es totalmente solidaría con los anhelos
de los países candidatos por integrarse lo antes posible en
la UE. Trabajaremos por una ampliación que es mucho más
que un deber histórico; es también el imperativo político
para quienes defendemos la democracia, el pluralismo y los
derechos humanos.
España
afronta el debate sobre el futuro de la Unión consciente
del calado y la magnitud de las decisiones a las que nos
enfrentamos. No podemos ser simplistas ni apresurarnos en
nuestras consideraciones. Sabemos que la construcción
europea ha madurado a través de un proceso de competencia
de ideas guiado por el diálogo y la moderación.

Este
es el talante con el que España afronta este debate. Un
talante que reclama serenidad y que busca centrar el debate
en los contenidos, evitando debates vacíos y abstractos
basados en grandes palabras que raras veces conducen a
algún sitio.
Algunos
se han apresurado a pedir del Gobierno español que no tarde
ni un minuto más en poner sobre la mesa un diseño
institucional de la Europa del futuro. Parece,
escuchándoles, que el tiempo se acaba, que el mundo se va a
acabar y, dentro del mundo, se va a acabar Europa y que, si
no hablamos ahora, tendremos que callar para siempre. Yo,
sin embargo, creo que no es bueno empezar las casas por el
tejado y tampoco es bueno ni aconsejable acercarse a un
simple ejercicio o presentación de ocurrencias, ni mucho
menos el demostrar cierta inmadurez.
Todos
sabemos lo llamativo que es proponer tal o cual institución
y avanzar cuál debería ser su composición, y además
discutir cómo se debería llamar; pero eso tiene que ser
justamente lo último. Lo importante no es que la Comisión
Europea pase a llamarse Gobierno Europeo; lo importante es
saber qué va a hacer, qué competencias va a tener, cómo
las va a ejercitar, con qué controles. Eso no puede ser
decisiones previas, sino las consecuencias de unas
decisiones de mayor calado y de mayor contenido.
Tenemos
que pensar, en consecuencia, la manera de preservar un
sistema de gobierno que nos es común, fundado en la
voluntad popular libremente expresada en elecciones, de las
que nacen Gobiernos responsables ante los ciudadanos.
Lo
que en toda Europa debemos reflexionar es cómo y quién ha
de tomar las decisiones, cómo y quién debe redactar las
normas, cómo y quién ha de ejecutarlas, y cómo y quién
ha de juzgar las infracciones contra ellas. Una vez decidido
todo eso, que no es poca tarea, será el momento de dar
forma y nombre a las instituciones que lo canalicen.
España,
como es natural, fijará posición sobre esas cuestiones y
no tardará en hacerlo; pero no vamos a perseguir ni
persigamos la originalidad a toda costa.

En
mi opinión, aún existe demasiado sabor nacional en las
propuestas realizadas por distintos y distinguidos
mandatarios europeos. Y ello es lógico, y puede entenderse
como lógico, porque todos tendemos a una trasposición a
escala europea de los respectivos sistemas políticos en los
que hemos vivido. Pero tampoco vamos a confundir lo que son
las primeras manifestaciones o documentos de partido con
definitivas posiciones de Estado. Todos estaremos de acuerdo
en que no es lo mismo una declaración ante medios de
comunicación que una resolución de un Parlamento, y que no
es lo mismo un documento preparatorio de un congreso de un
partido político en el Gobierno que una propuesta oficial
para ser presentada al Consejo de Jefes de Estado y de
Gobierno.
Con
el permiso de esos entusiastas de un futuro idealista que
nunca llega a golpes de decreto, y sin pretender volver a la
realidad a los nostálgicos de un pasado idílico que nunca
existió en el seno de la Comunidad, sencillamente vamos a
discutir con tranquilidad entre todos; preferiblemente entre
todos cuantos queremos pensar en términos de eficacia, de
representatividad y de democracia; a partir de la realidad
de una Europa que ha sido recuperada en 1989 con la caída
del Muro de Berlín y en proceso de reunificación desde
entonces; desde una España que parte de una posición
extraordinariamente sólida como miembro fundador del euro y
de una posición institucional reforzada después del
Tratado de Niza.
Estamos
diseñando la Europa del futuro, pero no llegaremos a una
Europa definitiva. El año 2004 no será la última etapa de
la Europa integradora. El objetivo fundamental, pienso yo,
es lograr una Europa con mayores controles democráticos y
contrapesos de poderes, sostenida en su bienestar por una
economía competitiva que sirva para mantenerla como la zona
de desarrollo pujante durante todo el siglo XXI.
Y
me parece oportuno insistir y profundizar en cuestiones que
están presentes en todo debate europeísta maduro:
-
El refuerzo de la cohesión interna de la Unión, lo que
supone el fortalecimiento del Mercado Único y el desarrollo
de la Unión Económica y Monetaria en el marco de un
espacio económico homogéneo y solidario.
-
La modernización del modelo social y europeo para lograr
una economía más flexible y competitiva, basada en el
equilibrio presupuestario, la liberalización económica y
la reforma laboral con vistas a la consecución del pleno
empleo.
-
La creación del espacio policial y judicial común, con el
fin de que los ciudadanos puedan sentírse cada vez más
libres y seguros en una Europa sin fronteras.
-
Convertir a la Unión en un actor con peso en la escena
internacional, lo que exige un gran impulso a la Política
Exterior y de Seguridad Común y, en concreto, a una defensa
europea combinada con una organización de seguridad más
amplia como es la Alianza Atlántica.
Estos
trabajos van más allá de la cita del año 2004, pero van
configurando día a día el futuro de la Unión. Permítanme
que finalice por donde comencé. España es hoy un país
vital y que mira al futuro con confianza. Un país con una
clase empresarial y profesional pujante, en última
instancia responsable de esta vitalidad. Un país que ha
conocido bien cuáles son los efectos del aislamiento y del
proteccionismo y que sabe que el gran riesgo que presenta el
proceso de globalización es que se detenga, no que
continúe. Ésta es la experiencia que queremos aportar para
conseguir una Unión Europea abierta y dinámica y así
canalizaremos nuestro liderazgo creciente en la Unión.

|